Fans Section (TR Fan Fiction)TRU Quiz

(By Chuska32 - 2º winner)

 

Tomb Raider

Thor

 

CAPITULO UNO

 

  Madrugada fría de invierno. Lara Croft estaba en su habitación, durmiendo. Fuera, una gran tormenta amenazaba con descargar toda su furia. Un sueño intranquilo no dejaba descansar a Lara. Era una pesadilla recurrente: el día de la desaparición de su madre. Su cara estaba perlada de sudor, arrugas de expresión cruzaban su frente. Lara estaba sufriendo. Sabía que era un sueño, pero no podía hacer nada para evitarlo. Lo había sufrido miles de veces; siempre el mismo resultado. Rabia e impotencia en su corazón.

 

  Un estruendo la sacó de su pesadilla. Rauda corrió hacia el origen del ruido. Un rayo había atravesado una de las ventanas de la mansión. Un pequeño incendio se desató. Nada importante. Winston entró tranquilo con un extintor y lo apagó. Lara le dio las gracias y volvió a la habitación. Entró en el cuarto de baño y se quitó el camisón cuidadosamente, con parsimonia. Se metió en la ducha y dejó que el agua caliente recorriera su cuerpo. Unas lágrimas se mezclaron con el agua y desaparecieron por el desagüe. “Es inútil darle más vueltas”, pensó.

 

  El teléfono sonó en ese preciso instante. Lara no respondió; no le apetecía hablar con nadie en ese momento. Pero el sonido era insistente. Resignada, dio por finalizada su ducha, se envolvió en una toalla y descolgó el auricular. Una voz desconocida al otro lado se dirigió a ella apremiante:

 

- ¿Señorita Croft? ¿Señorita Lara Croft?

- La misma. ¿Quién es?- preguntó, un tanto enojada.

- Me llamo Harry Ford y necesito su ayuda.

- Como todos, supongo. ¿Qué es lo que quiere?

- ¿Qué me diría si le dijese que sé dónde está su madre?

 

  Una vena se hinchó peligrosamente en el cuello de Lara. No le gustaban las bromas y menos las relacionadas con su madre. Se sintió tentada de decirle cuatro cosas a Ford, pero se calló.

 

- Y bien, ¿qué puede decirme del paradero de mi madre?

- Por teléfono no. Mejor venga a verme a mi casa.

- ¿A su casa? ¿En la primera cita?- respondió sarcástica.

- Sé que parece una broma de muy mal gusto, pero no lo es. Tome nota de mi dirección. La espero en una hora.

 

  Ford no le dio tiempo a responder. Colgó el teléfono de modo brusco. Lara se dirigió a su vestidor y eligió ropa cómoda: pantalones vaqueros de color negro, camiseta interior de manga corta azul oscuro, jersey de lana de cuello alto color violáceo y chaqueta de cuero. Bajó al garaje y decidió llevarse la moto. No era lo más adecuado, pero necesitaba sentir un poco de aire helado en sus músculos. Antes, se despidió de Winston y le dijo que no la esperase. El, como siempre, asintió sin decir nada. Se había acostumbrado ya al comportamiento de Lara.

 

CAPITULO DOS

 

  Lara llegó al lugar convenido. Era un edificio de ocho plantas. Ford vivía en la última. “Perfecto”, pensó Lara, “el ascensor no funciona”. No le importaba demasiado, en realidad. A ella le gustaba el ejercicio. Siempre viene bien ponerse en forma aunque sea de esa manera. Cuando iba por el quinto piso, se oyó un disparo. Lara aceleró el paso. La puerta de Ford estaba abierta. “Otra vez no”, se dijo.

 

  El cuerpo de Ford se encontraba tirado en medio de la salita. Un montón de papeles estaban esparcidos por el suelo, pisoteados, manchados de barro y sangre. Lara se agachó a comprobar si seguía con vida. Un pulso débil y una respiración quejumbrosa así se lo confirmaron. Llamó a una ambulancia; no tenía ganas de líos con la policía, pero no podía dejarle morir.

 

  Ford la cogió de la mano, sin apenas fuerzas. Lara acercó su cabeza a la de él. Unas palabras apenas audibles salieron de sus trémulos labios. Lara asintió. Se levantó y cogió un bolígrafo y un papel de encima de una mesa baja de cristal. Se los aproximó a Ford. Escribió algo con mucho esfuerzo. Se llevó la mano al pecho. Lara era consciente en ese momento del agujero de bala que atravesaba el torso de Ford. Se dirigió al baño y cogió una toalla. Taponó la herida que manaba bastante sangre. No podía hacer nada más por él. Perdió el conocimiento. “Sin duda, ha entrado en coma”, pensó.

 

  Cogió el papel que le había escrito Ford. Contenía tres palabras: Martillo de Thor. Lara quedó totalmente desconcertada. “¿Qué demonios tiene que ver esto con mi madre?” Se oyeron sirenas a lo lejos. Era hora de irse. Lara echó un rápido vistazo. Cogió un montón de papeles sin saber muy bien si le iban a ser de utilidad o no. No importaba. De pronto, un pequeño libro le llamó la atención. “Mitología nórdica”. Lo cogió. Salió al pasillo exterior y oyó pasos. No era la policía, aún no habían llegado. Los pasos se dirigieron a la azotea. Lara siguió el mismo camino. En el exterior alcanzó a ver una figura oscura. La poca luz no le dejaba distinguir si era hombre o mujer. No tenía salida. Lara se aproximó con sigilo, pero una mala pisada la delató. La figura se lanzó sin más al vacío. Lara se asomó y vio como un cable de acero le sostenía, evitando la fatal caída. Ella también aprovechó el cable para su huída. Se subió a su moto y puso rumbo a su mansión. No era consciente de que un par de ojos la observaban desde el edificio de enfrente.

 

CAPITULO TRES

 

- Winston, prepárame un té bien cargado. La noche va a ser larga. Llévamelo a la biblioteca ¿quieres?

- Por supuesto. ¿Quieres que te prepare algún tentempié?- preguntó el mayordomo con una dulce sonrisa.

- Hum… buena idea. Algo ligero. Unos sándwiches tal vez.

 

  Y dicho eso, Lara se encaminó a la biblioteca. Era una de las estancias favoritas de Lara. Todos aquellos libros que había leído desde su infancia infinidad de veces… Habían despertado su imaginación y su pasión por la historia y la arqueología. Podía pasar horas encerrada allí, sin sentir la necesidad de comer, beber o dormir. Afortunadamente para ella, el fiel Winston siempre estaba atento a sus necesidades. Más que un mayordomo era como un amigo, en ocasiones, incluso como un padre.

 

  Lara comenzó a hacer unos estiramientos. Tenía los músculos agarrotados a causa del frío y de la conducción en moto. Encendió la chimenea. Eso le ayudaría a entrar antes en calor. Puso todos los papeles que había traído de casa de Ford encima del escritorio. Se sentó, y cogió el libro sobre mitología nórdica. Durante un breve espacio de tiempo estuvo mirándolo, absorta, con la mirada perdida.

 

  Sacudió la cabeza como si necesitase hacerlo para volver a la realidad. Seguía intrigada por saber la relación entre el martillo de Thor y la desaparición de su madre. Por un momento pensó que había sido una ingenua. Que Ford sólo era un chiflado que buscaba desesperadamente llamar la atención. ¿Pero por qué ella? No, tenía que haber algo más, y ella lo descubriría.

 

  Necesitaba saber el estado real de Ford. Con un poco de suerte habría sobrevivido al ataque y podría conseguir la información que éste le había prometido. Pero no podría hacerlo sin levantar sospechas. Una fugaz idea pasó por su cabeza… Descolgó el teléfono antiguo que había sobre su escritorio. Odiaba los móviles, y sólo los empleaba si era estrictamente necesario. Marcó un número al que estaba muy acostumbrada a llamar.

 

- ¿Sí?- respondió una voz adormilada al otro lado de la línea.

- Soy yo. Necesito que me hagas un favor.

- ¡Demonios! ¿Sabes que hora es?

- Lo siento Allister. Es urgente. Necesito que averigües el estado de salud de una persona. Yo no puedo hacerlo sin verme involucrada.

- Está bien, Lara. Sabes que no puedo negarme a nada de lo que me pidas. Veré que puedo hacer. Mándame los datos a mi dirección de correo electrónico.

- Sabes que odio usar estos chismes.

- Y yo odio que me despierten a las tres de la mañana. Así estaremos en paz- respondió Allister con una sonrisilla en los labios.

 

  Lara dio por finalizada la conversación en ese instante. Encendió su portátil y le mandó los datos de Harry Ford. Al momento, alguien llamaba suavemente a la puerta. Sin esperar respuesta, Winston entró en la sala y dejó el té y los sándwiches en un lado del escritorio sin mediar palabra. Se marchó, cerrando tras de sí la puerta sin apenas hacer ruido.

 

  Lara se sirvió una taza de aquel negro té caliente, le puso un terrón de azúcar y le dio un sorbo. Estaba perfecto. Cogió un sándwich y le dio un bocado. Hojeó los papeles de Ford por encima, intentando buscar algo de orden en todo aquel caos. Desde luego, no iba a ser nada fácil. Aquel hombre no era precisamente lo que se dice un ejemplo de pulcritud. Y Lara odiaba eso. Ella era amante del orden, del metodismo. Y allí no iba a encontrar nada de eso. No pudo evitar emitir un suspiro de desesperación. Sí, definitivamente iba a ser una noche muy larga.

 

CAPITULO CUATRO

 

  Habían pasado dos largas horas. Dos horas en las que había tenido que seleccionar entre todos aquellos papeles las cosas que le podían servir de las que eran auténtica basura. Se mezclaban caóticamente papeles relacionados con la mitología nórdica con tickets de aparcamiento y de cenas en restaurantes. Lara había llegado a desesperarse en más de una ocasión.

 

  Básicamente, todo aquel material hablaba de Thor. Este era el dios del trueno de los nórdicos y germanos. Su objeto más representativo era el martillo, conocido como Mjolnir, cuya característica principal era que nunca erraba el blanco y además era capaz de volver a las manos de su dueño si este decidía arrojarlo contra el enemigo. Podía también lanzar rayos y disminuir su tamaño para esconderlo convenientemente debajo de la vestimenta. Con ese martillo, Thor podía acabar con los gigantes del Asgard. “Desde luego, no me vendría mal este arma”, pensó Lara.

 

  En la época vikinga, muchos eran los que llevaban una pequeña reproducción del Mjolnir como amuleto. Pero la llegada progresiva de misioneros cristianos fue acabando con estas creencias poco a poco. Lamentablemente no era la primera vez que ocurría eso. Los aztecas también sufrieron lo suyo a causa de los cristianos y su mal entendido concepto del bien y del mal.

 

  Lara conocía ya todas estas historias de la mitología nórdica. Aunque su fuerte era el antiguo Egipto, también se sentía atraída por otro tipo de culturas. Comenzó a dar pequeños golpecitos al escritorio con los dedos de su mano derecha. Seguía sin ver la relación de todo esto con la desaparición de su madre. ¿Cómo era posible que Ford, un completo desconocido, supiese dónde se encontraba su madre? Ella ni siquiera tenía una pequeña pista. Siempre había sospechado que no estaba muerta, pese a que todo el mundo se empeñaba en hacerle ver lo contrario.

 

  Una llamada telefónica la sacó de su ensimismamiento.

 

- Lara, soy Allister. Tengo malas noticias. Tu amigo está en coma… Los médicos no creen que despierte.

- ¡Maldita sea! Gracias por todo Allister. Está visto que esta misión no va a ser nada sencilla.

- ¿Necesitas ayuda, pequeña?

- Gracias, pero esta vez no puedes ayudarme. Es algo a lo que me he de enfrentar yo sola.

- No suena bien, Lara… Pero tú mandas, como siempre. Si necesitas algo, házmelo saber, por favor.

- Por supuesto. Gracias de nuevo, Allister.

 

  Y dicho eso, colgó el auricular.

 

CAPITULO CINCO

 

  Lara se frotó fuertemente los ojos con ambas manos. El sueño le iba venciendo poco a poco. No podía sucumbir a él. Se estaba jugando el volver a ver a su madre. Cogió el pequeño libro sobre mitología nórdica que se había llevado de casa de Ford. Lo hojeó un poco por encima. Nada raro. Estaba lleno de anotaciones en ambos márgenes de cada página. Seguramente ideas o dudas que le habían surgido mientras lo leía.

 

  Más una cosa llamó poderosamente su atención. Un pequeño dibujo de una especie de portal que se suponía que llevaba al Asgard. Era muy parecido al portal a través del cual había desaparecido su madre años antes. ¿Estaría su madre tal vez en…? No podía ser. Aquello era una locura. La cabeza de Lara comenzó a dolerle fuertemente. Todo daba vueltas a su alrededor. Se levantó de la silla y cayó al suelo, inconsciente.

 

  Despertó tres horas más tarde en medio de una pesadilla, en la que su madre la llamaba desde el Asgard, portando en su mano el martillo de Thor y pidiendo a gritos su ayuda para salir de allí. Lara creía estar volviéndose loca. Un golpe en la puerta la devolvió a la realidad.

 

- Adelante- dijo Lara aún desorientada.

- Lara, ¿estás bien?

- ¿Zip? ¿Qué haces aquí?

- Allister me llamó hace un rato. Estaba preocupado por ti, y por lo que veo no le faltaban motivos. ¿Qué es todo este desorden?

 

  Lara no tuvo más remedio que explicarle a su buen amigo Zip toda la historia de Harry Ford.

 

- ¿Y te has creído lo que ha dicho? Lara, eres más inteligente que todo esto.

- Lo sé, pero hay algo en mi interior que me dice que es posible. Y ya sabes que de intuición ando bien.

- En eso tengo que darte la razón. ¿Y has sacado alguna conclusión de todo esto?

- Sí, Ford no sabe lo que es el orden- sonrió Lara.

- Déjame a mí. Dame un par de horas. Meteré todos estos datos en mi ordenador, a ver que puedo sacar en claro.

- Gracias Zip, en serio. No sé qué haría sin ti.

 

  Lara aprovechó para descansar un rato. Realmente toda aquella situación la había agotado por completo. Dos horas después Zip la despertó con suavidad. Lara parpadeó varias veces y se incorporó lentamente. Se sirvió una taza de té negro como el vacío. Eso ayudó a despabilarla un poco.

 

- ¿Y bien? – preguntó al fin a Zip.

- Estoy en ello. He introducido todos los datos y el ordenador está cotejándolos con otros datos de la red. En cuanto encuentre algo interesante, nos enteraremos.

- Gracia Zip.

- Oye Lara, ¿crees en serio que tu madre está viva?

- Siempre lo he creído. Pero es algo que no me tranquiliza precisamente. Porque si lo está, ¿cómo habrá pasado todos estos años? ¿A que clase de sitio ha ido a parar?

- Tranquila Lara; tu madre siempre ha sido una mujer muy fuerte.

- Lo sé Zip, lo sé.

 

  En ese momento, un pitido en el ordenador de Zip los puso en alerta. Rápidamente se acercaron al escritorio.

 

- Aquí está. Son unas notas que publicó el doctor Harry Ford hace diez años.

- ¿Doctor?

- Doctor en Historia Antigua. Y aún hay algo más Lara. Hay una foto de Ford con tus padres.

- Déjame ver eso.

 

  Efectivamente, ahí estaban los tres, posando con la fachada del museo de Londres detrás. Ahora sí que Lara estaba intrigada.

 

- Nunca oí a mis padres hablar del doctor Ford.

- Y no me extraña. Por lo que se ve, el doctor andaba por aquel entonces muy interesado en tu madre. Se llegó a comentar que tu padre consiguió que le expulsaran de la universidad, donde trabajaba como profesor de Historia.

- Vaya, interesante. Todo un culebrón en la familia.

- El caso es que en esas notas se comenta algo sobre el martillo de Thor.

- ¿Qué exactamente?

- Que es una especie de llave.

- ¿Una llave? ¿Una llave que conduce a dónde?

- Al Asgard. Creo que por algún motivo, Ford pensaba que tu madre había ido a parar allí.

 

  Lara se quedó callada unos instantes, pensativa. Si Ford estaba en lo cierto, y la mitología no mentía, su madre no lo estaría pasando nada bien allí. Ahora sí que estaba empezando a preocuparse.

 

- Zip, tenemos que encontrar el Mjolnir.

- No será fácil. Hace mucho tiempo que no se sabe nada de él. Necesito tiempo.

- De acuerdo, no quiero presionarte. Pero recuerda una cosa: la vida de mi madre está en juego.

 

CAPITULO SEIS

 

  Ya había amanecido cuando el ordenador de Zip encontró una pista.

 

- Según esto, el martillo de Thor fue un arma muy buscada y anhelada. Tenía poderes regenerativos.

- Sí, algo de eso leí de niña. Según las leyendas, Thor podía alimentarse de las cabras que tiraban de su carro y luego sólo tenía que juntar sus huesos y usar el Mjolnir para devolverles a la vida.

- Si es cierto, no me extraña que todo el mundo lo codiciase. En fin, aquí dice que tras su muerte, fueron sus hijos quienes heredaron el Mjolnir.

- ¿Dice algo de en qué lugar puede estar?

- No exactamente. Lo único que he podido averiguar es que un grupo de vikingos lo sacó de Escandinavia y se lo llevó consigo en un barco rumbo a una isla del Mediterráneo.

- Y seguro que no tenemos ni idea de que isla era esa…

- Bueno, parece una idea un tanto descabellada, pero algunas fuentes dicen que estos vikingos tal vez llegaran a las costas de Creta. Allí establecieron amistad con el rey Minos y decidieron esconder el Mjolnir en el laberinto para protegerlo.

- Desde luego es una idea poco ortodoxa, pero no tenemos ninguna otra pista mejor. Prepararé las cosas para irme a Creta.

- Lara ¿estás segura?

- Zip, a estas alturas, ya no estoy segura de nada.

 

  Lara revisó su equipo por enésima vez. Sabía             que lo llevaba todo, pero hacerlo le relajaba. Nunca antes había estado tan cerca de poder encontrar a su madre. Tenía los nervios a flor de piel. Cerró los ojos e inspiró aire profundamente. Así hasta tres veces. Ya se encontraba mejor.

 

  Winston le confirmó que el jet estaba preparado para poner rumbo a Creta. A Lara no le importaba coger vuelos regulares; pero ahora necesitaba estar sola, poner sus ideas en su sitio. Hacía menos de veinticuatro horas estaba tranquilamente en su cama sufriendo una de sus múltiples pesadillas, y ahora se encontraba a punto de volar rumbo a Creta buscando el martillo de Thor que se suponía le conduciría en brazos de su madre. Realmente se preguntaba si no estaba loca.

 

  No pudo evitar soltar una carcajada. Eso le ayudó a relajarse aún más. Cogió su inseparable mochila (aún recordaba cómo la había conseguido en aquel viaje con Von Croy), y se dirigió a su jet privado. Todo estaba listo. El avión iba cargado de combustible hasta los topes, el piloto tenía su hoja de ruta preparada. Sólo faltaba la orden de Lara para partir. Y así sucedió. Lara estaba volando rumbo a su destino.

 

CAPITULO SIETE

 

  Tras varias horas de vuelo, Lara podía ver al fin la costa de la isla de Creta. Lara recordaba que era la mayor isla de Grecia, situada en el mar Egeo. Tenía unas playas de blanca arena. Pero no había venido de vacaciones.

 

  Una vez su jet aterrizó en el aeropuerto de Heraklion, su capital, alquiló un vehículo para desplazarse hasta el palacio de Cnosos. Se suponía que este palacio había albergado el tan famoso laberinto del Minotauro, con lo cual era probable que el Mjolnir se hallase allí.

 

  En la antigüedad, era un palacio inmenso, con sus 17.000 metros cuadrados y sus más de 1500 habitaciones. Tenía un patio central que separaba al palacio en dos partes, norte y sur, conectadas ambas por dos accesos. Las paredes habían estado llenas de frescos con representaciones de toros. Según la leyenda, el rey Minos prometió a Poseidón que sacrificaría al primer animal que saliera del mar. Y ese animal fue un toro. Minos quedó prendado y no pudo cumplir su promesa. Por ello, todas las paredes del palacio estaban llenas de escenas en las que aparecían toros.

 

  Ahora poco quedaba de todo aquel esplendor. Sólo unas cuantas piedras. Aún así, los colores se mantenían vivos, como el primer día. Lara se adentró en las ruinas del palacio. En aquella época del año, pocos eran los turistas que lo visitaban. Gustaban más de pasar su tiempo en la playa, bronceándose, cosa que Lara nunca podría entender.

 

  A simple viste, nada parecía indicar que el martillo estuviera allí. Lara estuvo mirando los frescos de las paredes de forma concienzuda, sin encontrar respuesta. Pero era lógico. Si lo que querían era esconderlo, no podía dibujarlo para que todo el mundo viese que estaba allí, oculto.

 

  Pero una cosa llamó su atención. En uno de los frescos creyó reconocer la figura de un vikingo. Al menos eso parecía; era un cretense con extraño gorro con cuernos. Esa figura en concreto era un bajorrelieve. Se quedó mirándolo, fijamente y decidió probar suerte. Lo pulsó suavemente. No ocurrió nada. Sacó una navaja de uno de los bolsillos de su pantalón y limpió con ella los bordes del bajorrelieve. Había mucha suciedad acumulada. Probó suerte de nuevo, y esta vez tuvo éxito. La figura se hundió aún más y una trampilla oculta en el suelo se abrió, dando paso a un pasadizo oculto durante cientos de años.

 

  ¿Qué misterios se ocultarían allí? ¿Encontraría Lara el Mjolnir? ¿Podría liberar a su madre del Asgard?

 

CAPITULO OCHO

 

  La oscuridad envolvió a Lara. Cogió de su mochila una linterna y la encendió. Polvo y telarañas lo cubrían todo. Una cosa llamó poderosamente la atención de Lara: las paredes estaban desnudas. Ningún dibujo las adornaba, ningún bajorrelieve.

 

  Un ruido la puso en estado de alerta. Se paró en seco, los músculos en tensión. Pero no se oyó nada más. Revisó sus pistolas. Estaban cargadas y listas para ser utilizadas en cualquier momento. Odiaba el uso de la fuerza, pero a veces era necesario.

 

  Siguió avanzando. Aquel túnel parecía no tener fin. De pronto un rugido se oyó tras ella. Se dio media vuelta con la agilidad felina que la caracterizaba, al tiempo que desenfundaba las pistolas. Nada. Allí no había nada. “Lara, cálmate”, pensó. Inspiró aire profundamente. Enfundó de nuevo las pistolas y siguió caminando.

 

  Unos metros más hacia delante el camino se desviaba. “¿Qué tenemos aquí? ¿El comienzo del laberinto”, se preguntó. Por si acaso era así, utilizó una técnica muy buena para no perderse. Colocó su mano derecha en la pared, y no la despegaría por nada. Así evitaría perderse y vagar sin rumbo fijo. Unos minutos caminando le confirmaron que se hallaba en el laberinto.

 

  Tras media hora caminando decidió parar para descansar. Se sentó en el suelo. Estaba algo húmedo, pero se agradecía. Allí abajo hacía mucho calor. Abrió su mochila y sacó una barrita energética. No era lo que más le apetecía en ese momento pero le daría una buena dosis de energía para continuar.

 

  Minutos después volvía a ponerse en pie. Siguió caminando durante lo que le parecieron horas. De vez en cuando oía una especie de gritos y lamentos. ¿Posibles víctimas fantasmales del Minotauro? Pero ya no la asustaban. Se había acabado por acostumbrar.

 

  Una luminosidad verdosa al fondo llamó su atención. Parecía que estaba llegando al final del laberinto. Con precaución, siguió avanzando, esta vez con sus pistolas en las manos. Llegó a una gran sala octogonal. En el centro una especie de altar de piedra. No había nada más. Lara se acercó y tanteó con los dedos en busca de alguna trampa. Nada.

 

  Si el Mjolnir estaba allí, desde luego no se encontraba a simple vista. Lara caminó por toda la estancia, fijándose en el más mínimo detalle. De repente un bufido sonó tras ella. Lo sabía; esta vez no estaba sola. Con una voltereta en el aire dio un giro de 180 grados al tiempo que disparaba sus pistolas.

 

  Ante ella estaba él, el Minotauro. Era enorme. Debía medir unos dos metros y medio. Su cuerpo estaba rodeado de pelo, color negro azabache. Dos poderosos cuernos salían de su enorme cabeza. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Los disparos de Lara parecían no haberle afectado. El Minotauro se preparó para una nueva carga. Lara estaba preparada.

 

CAPITULO NUEVE

 

  Con un potente rugido, el Minotauro corrió hacia el lugar donde se hallaba Lara. Esta comenzó a disparar sin cesar, pero veía impotente como las balas atravesaban el cuerpo del Minotauro sin causarle ningún daño. Pero no iba a sucumbir a la desesperación. Torres más altas habían caído.

 

  Con una finta se dio la vuelta y corrió hacia el altar, subiéndose encima de un salto. El  Minotauro cogió velocidad y se lanzó como un ariete, impactando con sus enormes cuernos en el altar. Este se partió en dos. Algo extraño sucedió. El Minotauro desapareció ante la mirada sorprendida de Lara.

 

  “¿Un holograma?”, pensó. Demasiado sofisticado, pero era lo que parecía. Fuera lo que fuera no importaba. Al menos ya no temía por su vida. Se quedó mirando el altar roto. Era una lástima que una obra de arte así hubiera tenido ese triste final. Pero parecía que en medio había algo. Cogió la linterna y alumbró. Era una especie de caja metálica ricamente labrada con motivos nórdicos.

 

  Algo nerviosa la abrió y una mueca de incredulidad ocupó su cara. Allí estaba, el martillo de Thor. La llave que le conduciría a su madre. Al fin, después de tantos años de espera e incertidumbre, podría volver a abrazar a su madre.

 

 Pero esa es otra historia.

 

 

FIN.